Las noches se volvieron eternas,
los pensamientos en peadillas,
el humo del cigarrillo le quemaba
las entrañas, le desgarraba la piel
sin anestesia, suplicante por volver
a respirar, para no morirse en su
propia sangre.
El diablo la tomó desafiante y
con arrogancia le susurró al oído:
"Ámame u ódiame, ambas están
a mi favror. Pero de mi no te vas
a librar".