El tiempo danza con pasos callados, en el
eco profundo de la soledad, su manto
acaricia dolores pasados, y en su latido
brota serenidad.
Heridas abiertas, puñales del alma, se
cierran despacio, sin prisa o rencor.
La lluvia de días devuelve la calma, y el
pecho se llena de un tenue calor.
En cada estación, la vida renace, las hojas
caídas son nuevas raíces.
El peso se aligera, el alma se hace, fuerte
en las sombras y en días felices.
Pues sanar no es olvidar lo vivido, es hallar
en los surcos un nuevo sentido.
El tiempo es maestro, sanador, aliado, y en
su abrazo eterno todo es transformado.
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